Por: Cayetano Coll y Toste
I
Caía la tarde envuelta en radiantes arreboles. Don Cristóbal de
Sotomayor, sentado en un taburete en el amplio aposento que se había
hecho fabricar en la aldehuela india de Agüeybana, aspiraba amodorrado
los efluvios aromosos que la brisa de la tarde le traía del inmediato
boscaje, pensando melancólicamente en la Corte valisoletana y en la
Condesa de Camiña, su señora madre, cuando penetró en la alcoba con
precipitado paso una hermosa india, de tez broncínea, ojos expresivos,
levantado pecho, suaves contornos y cabellos abundosos, medio recogidos
en trenzas, a estilo antiguo castellano.
— ¿Qué ocurre, querida Guanina, que te veo asustada y tus grandes y
hermosos ojos, tan vivaces siempre, están llenos ahora de lágrimas?
—¡Huid, señor...! Huid, amor mío... Tu muerte está, acordada por
todos los caciques boriqueños. Yo conozco las cuevas más recónditas de
nuestra isla y yo te ocultaré cuidadosamente en una de ellas.
— ¡Estás delirando, Guanina! Los tuyos han doblado ya la cerviz para
no levantarla más — replicó don Cristóbal, atrayendo hacia sí a la
gallarda india, besándola en la frente, y tratando de tranquilizarla.
— No creas, señor, que los míos están vencidos. Los consejos de mi
bondadoso tío Agüeybana hicieron que los boriqueños os recibieran con
placer y paz; y os agasajaron. Os creyeron verdaderos
Guaitiaos;
pero los hechos han venido a probar desgraciadamente, que no sois tales
confederados y amigos, sino que pretendéis ser amos. Además, algunos de
los tuyos han abusado inconsideradamente de la bondad Indígena, Y
finalmente, el rudo trabajo del laboreo de las minas, en compactas
cuadrillas, buscando esas tan deseadas piedrezuelas de oro, que tanto
apreciáis, los ha llevado a la desesperación, que como sabéis muchos se
quitan la vida por no lavar esas malditas arenas.
— Te veo. Guanina, también rebelde — díjole don Cristóbal, sentándola a su lado y besándola cariñosamente.
— Digo lo que siento, amor mío. Y como tu muerte está acordada por
los caciques, quiero salvarte. Vengo a avisarte, porque no quiero que te
maten — volvió a exclamar Guanina, con los ojos llenos de lágrimas y
abrazándose fuertemente al joven hidalgo, que la retuvo entre sus brazos
con placer.
II
De repente penetró en la alcoba, Juan González, el intérprete,
cortando imprudentemente el amoroso coloquio de los jóvenes amantes.
— Señor don Cristóbal, no hay tiempo que perder. La rebelión de los
indígenas va a comenzar y será formidable. Acabo de presenciar un
Areyto, en el cual tus propios encomendados, danzando y cantando, han jurado tu muerte y la de todos nosotros.
— ¡Tú también, buen Juan, estás impresionado! Veo con pesar, que se
te están pegando las timideces de estos indios. Esos son desahogos de
siervos y nada más.
— Hace noches -repuso el astuto González—, que observo luminarias, y
que oigo, en el silencio nocturno, el grito de alarma del caracol en la
montaña, tocando a rebato con insistencia. Son éstas, indudablemente,
señales de aliento, acordadas ya. Pronto la isla toda arderá en terrible
conflagración contra nosotros. ¡Huyamos, señor, huyamos! Conozco todos
los atajos y vías" que conducen a la Villa de Caparra, ¡Aún es tiempo,
señor don Cristóbal!
— ¡Yo huir, Juan González! —dijo con énfasis y comprimida rabia don
Cristóbal, levantándose airado del taburete, y desprendiéndose de los
brazos de Guanina, que tenía sobre los hombros del gallardo mancebo
reclinada su gentil cabeza, y repitió:
— ¡Yo huir, Juan González! ¿No sabes tú, que me llamo Sotomayor, y
que ninguno de los míos volvió jamás la frente al enemigo? Saldré de
aquí por la mañana, a pleno sol, alta la visera, con pendón desplegado,
seguido de mis amigos y con mis equipajes al hombro de esta canalla,
que atruena ahora el
batey con su vocinglería y que pronto castigaremos. Nada más. Retírate.
Mientras tenia lugar este diálogo entre los dos cristianos, Guanina
se había retirado al alféizar de la ventana y miraba con ojos tristes la
obscuridad del bosque, como queriendo escudriñar sus secretos con sus
penetrantes miradas de criatura salvaje, y maquinalmente terminaba de
trenzar su negra y abundosa cabellera, a estilo castellano, según se lo
había enseñado el joven hidalgo español, en sus raptos de amor con la
esbelta doncella indígena.
— Ven. Guanina, siéntate a mi lado. Estoy irritado con los tuyos,
pero no contra ti. Tu amor llena mi alma. Bésame para olvidar con tus
caricias las penas que me agobian.
Y la hermosa indio ciñó con sus brazos el cuello del gallardo doncel y
le besó risueña, mostrando, al reírse, sus amarfilados dientes, que
parecían una ringlera de perlas finas.
III
La mañana fué luminosa, esplendente. Bien de madrugada el buen Juan
González, el astuto intérprete, llamaba quedamente a la puerta de la
alcoba de don Cristóbal.
— Señor, señor, soy yo. Juan González.
— Entra. ¿Qué hay?
— Toda la noche hemos estado velando vuestro sueño, ¡Partamos, señor don Cristóbal, partamos!
— Llama a Guaybana. mi cacique encomendado.
- Ya le había citado, señor. Está abajo en el portal esperando vuestras órdenes.
— Dile que entre.
Juan González obedeció la orden de su Capitán, y Guaybana, el cacique
principal de Boriquén. penetró en el salón. Saludó a don Cristóbal
fríamente, llevándose la mano derecha a la frente, pero manteniendo el
ceño muy fruncido. Era Guaybana un joven robusto, desenvuelto y altivo.
Había heredado el cacicazgo de su tío
Agüeybana, y odiaba mortalmente, de todo corazón a los invasores.
— Necesito, Guaybana —díjole don Cristóbal—, que nombres una cuadrilla de tus
naboiras, para que lleven mi fardaje a la Villa de Caparra. Estoy de viaje y quiero partir inmediatamente.
Juan González, el
lengua, interpretó a su Capitán.
— Serás complacido —contestó el cacique secamente, retirándose de la
alcoba sin saludar, y con el ceño fruncido como cuando entró en el
aposento.
— Señor don Cristóbal, ¿qué habéis hecho? ¿Por qué habéis indicado a
Guaybana la ruta que vamos a seguir? — exclamó el intérprete, aterrado
con la imprudente franqueza de Sotomayor, que no daba gran importancia
al movimiento insurreccional de los boriquenses.
— Juan, mi buen Juan, es preciso que sepan estos gandules que
nosotros no huimos de ellos. No temáis, amigo mío, que el Dios de las
victorias está con nosotros. Nadie puede humillar el pendón castellano.
¡Ea, González, a preparar el viaje!
Y el intrépido joven descolgó de la pared su espada toledana, su
casco y su rodela, colocándolos sobre la cama. Guanina al ver lo que
hacía su amante, se acercó a él y le dijo, al oído:
— ¡Llévame contigo, amor mío! No quiero quedarme aquí sin tu compañía. ¡ Llévame... !
—Imposible ahora. Guanina. Tan pronto salgamos de estos sitios, habrá una fuerte
guasábara
y yo no quiero que una flecha te alcance y pueda herirte o matarte. Una
rozadura de tu piel me partiría el corazón. Pronto volveré por ti, muy
pronto. Te lo prometo.
Y estrechándola entre sus brazos la besó en la boca con ardor
juvenil. Guanina, puso a llorar tristemente, sin que los sollozos que
salían de su pecho hicieran cambiar de resolución al noble y arrogante
doncel.
Los naborias, sirvientes indios, empezaron a entrar en el aposento de don Cristóbal y a repartirse la carga.
Los indígenas miraban de reojo, con mal disimulada cólera, a la
hermosa Guanina, que tenía los párpados hinchados de tanto llorar.
La comitiva estaba en el
batey, esperando las últimas
órdenes. Don Cristóbal dispuso que Juan González quedase a retaguardia
con los equipajes y que sus cinco amigos marcharan con él a vanguardia,
bien prevenidos, para evitar una emboscada. El adalid, buen guía, había
de ir marchando a la descubierta. Como iban de viaje y a pie, no podían
llevar toda la armadura, y se pusieron solamente petos de algodón, para
resguardar el tronco de algún flechazo.
Don Cristóbal, puesto el casco de bruñido acero, ceñido el espadón y
embrazada la rodela, subió precipitadamente los escalones del caserón de
su estancia para besar por última vez a su querida Guanina. No se
dijeron ni una sola palabra. Se abrazaron y se besaron de nuevo
convulsivamente. Cuando bajaba la escalera, llevóse don Cristóbal el
dedo meñique de la mano izquierda, a la mejilla, para borrar
furtivamente dos hermosas perlas que se habían desprendido de sus
ardientes ojos y que el arrogante joven no quería fueran sorprendidas
por sus compañeros de armas. Era el tributo justo de amorosa
reciprocidad del soberbio paladín a la encantadora india, que había
sacrificado a su amor los sentimientos de patria, raza y hogar
indígenas.
IV
La comitiva de don Cristóbal de Sotomayor, aprovechando el ambiente
fresco de la mañana tropical, se puso en marcha por el camino que
conducía hacia la Villa de Caparra. Bien pronto se perdió de vista el
reducido pelotón. Entonces Guaybana reunió trescientos indios, de sus
mejores guerreros, y les dijo:
— Sonó, amigos míos, la hora de las venganzas. Muchas lunas me han
sorprendido llorando nuestra desgracia. Hay que destruir ahora a todos
los invasores o morir por la patria en la desmanda. Todos nuestros
hermanos de las otras comarcas de la isla están ya preparados para la
lucha. El
zemí protector manda morir matando. El sol de hoy nos
será propicio con sus lumbres. Es preciso, pues, no seáis vosotros
inferiores en valor a los
valientes guerreros que capitanean
Guarionex y
Mabó Damáca. Fijad la puntería de las flechas y amarradas a las muñecas las manijas de las macanas. ¡Adelante, adelante!
Guaybana lucía su penacho de plumas multicolores, llevaba al cuello
el guanín de oro, distintivo de jefe, y blandía con la mano derecha la
terrible hacha de sílex, con que derribaba sus bosques de úcares y
cedros.
Seguían al decidido cacique trescientos indios, bien armados, con sus
carcajes al hombro, llenos de flechas, el arco en la mano izquierda y
la macana en la diestra. Llevaban el pelo recogido al occipucio con un
cordón de maguey y el cuerpo pintarrajeado en franjas con la pasta del
achiote amarillo y el jugo negro de la
jagua.
Marchaban los indios sin orden ni formación por la vía que poco antes
había tomado don Cristóbal, en cuya busca iban. Todos hablaban o
gritaban, produciendo una algarabía infernal. Habían perdido por
completo el miedo a los extranjeros.
V
sintió que se aproximaban los boriquenses, en sentido hostil, fué el
intérprete Juan González, que marchaba a retaguardia. El astuto
lengua dió orden en seguida a los
naborías de
detenerse y hacer alto, para escudriñar lo que era aquel ruido. Y al
mismo tiempo que se daba cuenta de lo que ya él, con su buen juicio, se
presumía que fuese, se le echaron encima unos y recibió dos macanazos,
que le rompieron la cabeza y le salpicaron de sangre. Afortunadamente no
perdió el conocimiento y arrodillándose ante el soberbio cacique
Guaybana, que acababa de divisar, le pidió la vida y ofreciósele a
servirle perpetuamente.
— ¡Dejad a este bribón, no le matéis! — gritó Guaybana y volviéndose con arrogancia a los suyos, exclamó:
— ¡Avanzad en busca de don Cristóbal y su gente!.
La mesnada india obedeció; y corrió por el atajo, lanzando furiosos
gritos de guerra. Los naborías saquearon el equipaje, que poco antes
llevaban a cuestas, y se desparramaron en distintas direcciones.
Viéndose Juan González solo, dió gracias a Dios por haberle salvado
la vida, curóse como pudo las heridas de la cabeza, y trepóse en un
frondoso árbol para esperar la noche y poder huir hacía Caparra con
mayor seguridad de salvación, El buen lengua prefirió más ser un Sancho
que un don Quijote, librando la ruin pelleja a costa del honor. A pesar
de su desgracia, sentía hondamente no poder avisar a su amo de cómo era
la avalancha de enemigos que iban en su contra.
VI
Don Cristóbal y sus cinco amigos caminaban con sumas precauciones al
ojeo. De cuando en cuando la brisa les traía voces inacordes y ruidos
extraños, procedentes del bosque. Cruzaron los senderos cautelosamente.
Una ráfaga de viento les trajo vocablos más inteligibles. Eran gritos
indígenas. Bien pronto comprendieron que se acercaban los indios en
actitud belicosa y que habría guasábara.
El adalid, a pesar de ir a vanguardia, paróse, y dió la voz de
alerta. Don Cristóbal dió el alto; y volviéronse todos del lado que
venían las inacordes voces, bien embrazadas las rodelas y los aceros al
aire libre. Pronto la flechería les advirtió que los enemigos eran
muchos y que la lucha sería empeñada y sangrienta.
— Amigos míos — dijo el hidalgo don Cristóbal —, preparaos a dar
buenas cuchilladas. Aunque somos pocos triunfaremos. No debemos
separarnos ni por un instante. Tened el ojo avizor, pie firme y el brazo
siempre en guardia, y que las estocadas sean rectas para que sean
mortales. En la mano izquierda tened la daga. Y que Dios nos proteja.
— ¡Santiago y Sotomayor! —gritaron sus amigos—.¡Santiago y Sotomayor! — repitieron.
Como se precipita un torrente desbordado, acrecentado por las lluvias
continuas, así cayó aquella turbamulta de indios sobre el pequeño
destacamento castellano. Los primeros indígenas que se acercaron,
mordieron el suelo inmediatamente. Se atropellaron de tal modo contra
los cristianos, que no les fué posible usar de los arcos y las flechas;
porque se peleaba casi cuerpo a cuerpo. La sangre humana lo teñía todo
con su rojo color. Los gritos agudos y rabiosos, herían la atmósfera.
Don Cristóbal y sus amigos lanzaban a su vez voces estentóreas de guerra
para contrarrestar la de sus contrarios; y con cada estocada certera
iba una maldición. La pequeña hueste revolvíase ágil a diestro. Los
boriqueños acosaban a los castellanos por todas partes con terribles
macanazos. volaban las macanas partidas en dos por los tajantes
espadones. Poco a poco se fué apagando la estruendosa gritería y las
respiraciones eran jadeantes. El suelo estaba lleno de cadáveres por
todos lados. Los indios podían reemplazarse los españoles no. El último
de ellos que cayó, fué el Cristóbal, con el casco abollado y la espada
rota, pero de frente a sus contrarios. En vano trató de alcanzar al
soberbio Guaybana, pues cuando llegó a divisarle corrió hacia él, para
atravesarle con la espada, tropezó ésta en una liana, recibiendo al
mismo tiempo un macanazo en la cabeza que le privó de la vida, a la vez
que otro formidable golpe de macana dado de soslayo, le rompía la
espada.
Guaybana y sus guerreros se acogieron a una loma cercana para
descansar de las fatigas del combate, enterrar a sus muertos y
orientarse en la campaña que iban a emprender contra los cristianos. El
primero que habló fué el soberbio régulo de
Guaynia:
— ¡El gran
Zemí está con nosotros! En verdad que mi
guaitao
don Cristóbal era todo un valiente. No retrocedió ni un paso. Si
fuéramos caribes, nos beberíamos su sangre para que nos infundiera su
gran valor. Es preciso hacerle los honores de un gran guerrero y
enterrarle con la pompa correspondiente a su categoría de cacique
español. Tú, Naiboa, ve donde el
bohique principal Guacarí y que se cumplan mis órdenes.
Cuando el
nitayno o lugarteniente Naiboa, fué con veinte
indios a recoger el el cadáver del desgraciado hijo de la Condesa de
Camiña, se encontraron a Guanina, lavándole el rostro a su amante, y
tratando, en su delirio de volverle a la vida con sus ardientes besos.
Regreso la comitiva india, llevando la noticia infausta a Guaybana, que
su hermana Guanina no había dejado que tocaran el cadáver de don
Cristóbal.
- Bien, Naiboa. El
Zemí tutelar así lo habrá dispuesto
-replicó el régulo boriqueño-. Respetad el dolor de Guanina, amigos
míos. Mañana será sacrificada sobre la tumba de su amante para que le
acompañe en la otra vida.
Y añadió con triste voz el cacique vencedor:
— Tú,
bohique Guacarí, dirigirás el rito cruento.
El augur se puso en pie y marchó con sus acólitos en demanda de la
víctima infeliz y del cadáver del Capitán cristiano, a fin de preparar
la fúnebre ceremonia para el día siguiente.
Cuando llegaron al sitio de la desgracia, encontraron a Guanina
muerta, descansando su cabeza sobre el pecho ensangrentado del hidalgo
español.
VII
Los cadáveres de don Cristóbal y Guanina fueron enterrados juntos al
pie de una gigantesca ceiba. Y sobre esta humilde tumba, brotaron
espontáneamente rojas amapolas silvestres y blancos lirios olorosos. La
naturaleza misma ofrendando en el altar del amor ingenuo, alma del
mundo, hálito misterioso, soplo divino y dicha perenne de las almas
puras.
Cuando al declinar el día, la purpúrea luz enrojece el Occidente,
como si lo bañara en sangre, y la sombra de la gigantesca ceiba, añosa y
carcomida por la edad, arropa una gran extensión de terreno, creen los
campesinos de la cercanía escuchar en aquella loma dulces cantos de
amor, con el suave susurro de las hojas. Sabedores por la tradición, que
allí fueron sepultados el valiente don Cristóbal de Sotomayor y la
hermosa india Guanina, creen que son las almas de los dos jóvenes
amantes, fieles a su intenso amor, que salen de la tumba a contemplar la
estrella de la tarde y a besarse a los rayos de la luna.
Vocabulario:
- Achiote: Árbol, con sus semillas producían pigmentos para pintarse el cuerpo.
- Agüeybana: Importante cacique taíno.
- Areyto: Canción acompañada por baile.
- Batey: Plaza para asambleas o juegos de pelota.
- Bohique: Sacerdote taíno.
- Guaitiaos: Personas que se han juramentado sincera amistad.
- Guanín: Pieza de oro, en forma de lámina, que solían llevar al cuello los indios principales.
- Guarionex: Cacique taíno.
- Guasábara: Ataque guerrillero indígena.
- Guaynia: Nombre del poblejo del cacique Agüeybana, en el Boriquén.
- Jagua: Fruto de árbol con el que producían tinta negra.
- Lengua: Traductor.
- Mabó Damáca: Cacique taíno.
- Naboira: Sirvientes indios.
- Nitayno: Lugarteniente del cacique.
- Zemí: Espíritu ancestral
Foto tomada de: http://www.nytimes.com/2005/11/27/movies/27chago.html?pagewanted=all&_r=0