Leyenda: La garita del diablo

Una noche tenebrosa, desapareció el soldado Flor de Azar de la garita.

Leyenda: La capilla del Cristo

En la calle Santa Catalina del Viejo San Juan ocurrió un suceso milagroso en el 1750.

Leyenda: El pozo de Jacinto

Jacinto era un humilde campesino que se dedicaba a pastorear el ganado ajeno...

Leyenda: El pirata Cofresí

Roberto Cofresí y Ramírez de Arellano era el terror de estos mares antillanos con sus piraterías.

Leyenda: El perro de piedra

El perro se quedó esperando el regreso del soldado español que lo había cuidado...

martes, 21 de enero de 2014

La Rogativa (Viejo San Juan)


Fotos pertenecen a: Deviantart: Alurcada Trekearth by Malouteam Flickr: Leonel Martinez Free Photo of the Day Panoramio by Lolyant LMSJ.ORG La Rogativa es una escultura que recrea los sucesos ocurridos en la leyenda: Las once mil vírgenes.

lunes, 20 de enero de 2014

sábado, 18 de enero de 2014

Las once mil vírgenes

Por: Cayetano Coll y Toste

El general inglés Abercromby(1) en 1797 dirigióse contra la isla de Trinidad(2), comandando una formidable escuadra de sesenta velas y habiéndose apoderado fácilmente de aquella tierra, hizo rumbo a la de Puerto Rico y desembarcó sus aguerridas tropas en las playas de Cangrejos en son de conquista.

Gobernaba este país el general don Ramón de Castro y prontamente puso la ciudad en estado de defensa. Se tocó la generala. Se distribuyó la guarnición. Se cortó el puente de San Antonio. Se organizaron ganguiles(3), pontones y baterías flotantes en lanchas cañoneras y se levantaron patrullas en cuerpos volantes para recorrer y defender los campos circunvecinos de las incursiones y depredaciones del enemigo. Se publicó un bando para que las mujeres, los niños y los viejos abandonaran la ciudad, quedando solo los hombres útiles para tomar las armas.

No fue posible evitar el desembarco de las tropas inglesas, porque los navíos anclados en la ensenada de Cangrejos, barriendo la playa con metralla, protegían las chalupas y botes que desembarcaban las tropas enemigas cerca de la playa llamada la Torrecilla.

El general Abercromby situó su cuartel general en la Casa del Obispo cerca de la iglesia de San Mateo y empezó a avanzar hacia poniente. Al llegar al Puente de San Antonio le detuvo la cortina de fuego de este fortin, que fué destruido en 1896, y la metralla del Castillo de San Gerónimo. Entonces levantó trincheras en Miramar (en aquella época se llamaba el Rodeo y posteriormente El Olimpo) y en el Condado. No le fué posible pasar adelante, aunque tomó los polvorines de Miraflores. Si recio y sostenido era el fuego de cañón y mortero del inglés, porfiada era la defensa de la plaza. El sitio empezó el 17 de abril y el 29 del mismo mes continuaba en iguales condiciones, peleando sitiados y sitiadores con empeño y denuedo.

II

El obispo Trespalacios (4), que regía esta diócesis ayudó a Castro hidalgamente con personal eclesiástico para todos los puestos de la guarnición, hasta los de peligro, y además dinero. La Cruz y la Espada marchaban de común acuerdo en la defensa de San Juan.

El 30 de abril se presentó a su lIustrisima el Provisor y le dijo:
-Señor Obispo, ¿por qué no hacemos una rogativa para implorar el auxilio del cielo?
-Tiene usted mucha razón. Hagamos una rogativa dedicada a Santa Catalina, santa del día y patrona del primer castillo que se hizo en esta ciudad, que hoy es casa de los Gobernadores, y también la dedicaremos a Santa Ursula y a las once mil vírgenes, de quienes soy devoto especial.
-y ¿cómo se dispondrá la procesión?
-Pues toda la ciudad tomará parte en eIla. El que no tenga vela de cera la llevará de esperma o sebo y los muy pobres llevarán antorchas de tabonuco. Yo la presidiré con el Cabildo eclesiástico y las autoridades.
Saldremos de la Catedral y recorreremos todas las calles de la capital y al romper el alba regresaremos al templo para celebrar una misa cantada a toda orquesta.

Tal como lo dispuso el señor obispo tuvo efecto la grandiosa rogativa, con el aditamento de haber echado a vuelo todas las campanas de las iglesias.

III

A las nueve de la noche los espías ingleses que atalayaban, avisaron al cuartel de Abercromby, que se notaba gran movimiento dentro de la ciudad, que se oían grandes repiques de campanas y se vislumbraban grandes luminarias hacia el oeste.

-Estarán recibiendo refuerzos de los campos, dijo el general inglés; y añadió: Mis fragatas, que vigilan la entrada del puerto no pueden acercarse por el fuego que les hacen los baterias del castillo de la entrada.

Y dio órdenes para que las trincheras de El Rodeo y del Condado avivaran lo más intensamente posible el fuego contra la ciudad. Y que hubiera acción de mosquetería sostenida contra las lanchas cañoneras.

A las doce de ta noche volvieron los vigías a notificar al general Abercromby que las luces iban creciendo dentro de la ciudad y que ahora se dirigían al este. Abercromby reunió su estado mayor y le dijo:
-Llevamos cerca de un mes en la fajina de este sitio y no hemos adelantado una pulgada. Tenemos lo que tomamos el primer día y nada más. La plaza está muy bien defendida. Por otra parte la disentería empieza a hacer estragos en nuestra tropa. El agua de que disponemos es muy mala. Hay que tener en cuenta, que los vecinos de los campos, fuertes y aguerridos, van viniendo a socorrer la Capital y no podemos evitarlo. Esta noche se prepara, indudablemente, una gran salida de los sitiados, al primer cuarto de la madrugada para atacar nuestro campamento. Creo, pues, llegado el momento de reembarcar la tropa.

Todos los oficiales de su estado mayor fueron de igual parecer. Se dió la orden de embarque. Se tocó la generala. Y a la mañana siguiente, primero de mayo, estaba completamente levantado el sitio.

IV
En la iglesia Catedral, después de la misa cantada, se entonó el Tedéum laudamus y luego predicó su Ilustrísima.

Un hermano de mi abuela, teniente de Milicias, que entró en la plaza el 22 de abril con una compañía de Milicianos de Arecibo, refería el espléndido triunfo de Santa Ursula y las once mil vírgenes. Mi abuela, que murió de noventa y siete años. y recibió de labios de su hermano la histórica narración, me contaba que las once mil vírgenes, gracias al obispo Trespalacios, que las había implorado a tiempo, salvaron la ciudad del saqueo de los ingleses. Que aquella memorable noche fué cuando más tronó el canon enemigo, y que las balas se volvían de mitad de camino contra los sitiadores y no caían en la ciudad. Y que cuando la gran rogativa entraba en Catedral terminó de repente el cañoneo y desaparecieron los enemigos.

También así lo estuve yo creyendo mucho tiempo; pero después he sabido que Santa Ursula y las once mil vírgenes eran bretonas y he pensado, que de haber venido en aquella ocasión hubiera sido en ayuda de sus paisanos, a pesar de lo que juraba y perjuraba el hermano de mi abuela.

De modo que, respetando la buena fe de nuestros mayores y su bella tradición, me inclino a creer que quienes obligaron a los ingleses a levantar el asedio fueron el gobernador don Ramón de Castro con su activa dirección y enérgico carácter y los férreos puños de los Mascaró, Vizcarrondo. Andino, del Toro, Linares, Lara, Diaz y demás valientes que supieron defender el terruño de la invasión extranjera.

Leyenda Publicada en: http://santaursulavirgen.blogspot.com/2012/09/leyendas-puertorriquenas-las-once-mil.html

miércoles, 15 de enero de 2014

martes, 14 de enero de 2014

Guanina

Por: Cayetano Coll y Toste

I
Caía la tarde envuelta en radiantes arreboles. Don Cristóbal de Sotomayor, sentado en un taburete en el amplio aposento que se había hecho fabricar en la aldehuela india de Agüeybana, aspiraba amodorrado los efluvios aromosos que la brisa de la tarde le traía del inmediato boscaje, pensando melancólicamente en la Corte valisoletana y en la Condesa de Camiña, su señora madre, cuando penetró en la alcoba con precipitado paso una hermosa india, de tez broncínea, ojos expresivos, levantado pecho, suaves contornos y cabellos abundosos, medio recogidos en trenzas, a estilo antiguo castellano.
— ¿Qué ocurre, querida Guanina, que te veo asustada y tus grandes y hermosos ojos, tan vivaces siempre, están llenos ahora de lágrimas?
—¡Huid, señor...! Huid, amor mío... Tu muerte está, acordada por todos los caciques boriqueños. Yo conozco las cuevas más recónditas de nuestra isla y yo te ocultaré cuidadosamente en una de ellas.
— ¡Estás delirando, Guanina! Los tuyos han doblado ya la cerviz para no levantarla más — replicó don Cristóbal, atrayendo hacia sí a la gallarda india, besándola en la frente, y tratando de tranquilizarla.
— No creas, señor, que los míos están vencidos. Los consejos de mi bondadoso tío Agüeybana hicieron que los boriqueños os recibieran con placer y paz; y os agasajaron. Os creyeron verdaderos Guaitiaos; pero los hechos han venido a probar desgraciadamente, que no sois tales confederados y amigos, sino que pretendéis ser amos. Además, algunos de los tuyos han abusado inconsideradamente de la bondad Indígena, Y finalmente, el rudo trabajo del laboreo de las minas, en compactas cuadrillas, buscando esas tan deseadas piedrezuelas de oro, que tanto apreciáis, los ha llevado a la desesperación, que como sabéis muchos se quitan la vida por no lavar esas malditas arenas.
— Te veo. Guanina, también rebelde — díjole don Cristóbal, sentándola a su lado y besándola cariñosamente.
— Digo lo que siento, amor mío. Y como tu muerte está acordada por los caciques, quiero salvarte. Vengo a avisarte, porque no quiero que te maten — volvió a exclamar Guanina, con los ojos llenos de lágrimas y abrazándose fuertemente al joven hidalgo, que la retuvo entre sus brazos con placer.
II
De repente penetró en la alcoba, Juan González, el intérprete, cortando imprudentemente el amoroso coloquio de los jóvenes amantes.
— Señor don Cristóbal, no hay tiempo que perder. La rebelión de los indígenas va a comenzar y será formidable. Acabo de presenciar un Areyto, en el cual tus propios encomendados, danzando y cantando, han jurado tu muerte y la de todos nosotros.
— ¡Tú también, buen Juan, estás impresionado! Veo con pesar, que se te están pegando las timideces de estos indios. Esos son desahogos de siervos y nada más.
— Hace noches -repuso el astuto González—, que observo luminarias, y que oigo, en el silencio nocturno, el grito de alarma del caracol en la montaña, tocando a rebato con insistencia. Son éstas, indudablemente, señales de aliento, acordadas ya. Pronto la isla toda arderá en terrible conflagración contra nosotros. ¡Huyamos, señor, huyamos! Conozco todos los atajos y vías" que conducen a la Villa de Caparra, ¡Aún es tiempo, señor don Cristóbal!
— ¡Yo huir, Juan González! —dijo con énfasis y comprimida rabia don Cristóbal, levantándose airado del taburete, y desprendiéndose de los brazos de Guanina, que tenía sobre los hombros del gallardo mancebo reclinada su gentil cabeza, y repitió:
— ¡Yo huir, Juan González! ¿No sabes tú, que me llamo Sotomayor, y que ninguno de los míos volvió jamás la frente al enemigo? Saldré de aquí por la mañana, a pleno sol, alta la visera, con pendón desplegado, seguido de mis amigos y con mis equipajes al hombro de esta canalla, que atruena ahora el batey con su vocinglería y que pronto castigaremos. Nada más. Retírate.
Mientras tenia lugar este diálogo entre los dos cristianos, Guanina se había retirado al alféizar de la ventana y miraba con ojos tristes la obscuridad del bosque, como queriendo escudriñar sus secretos con sus penetrantes miradas de criatura salvaje, y maquinalmente terminaba de trenzar su negra y abundosa cabellera, a estilo castellano, según se lo había enseñado el joven hidalgo español, en sus raptos de amor con la esbelta doncella indígena.
— Ven. Guanina, siéntate a mi lado. Estoy irritado con los tuyos, pero no contra ti. Tu amor llena mi alma. Bésame para olvidar con tus caricias las penas que me agobian.
Y la hermosa indio ciñó con sus brazos el cuello del gallardo doncel y le besó risueña, mostrando, al reírse, sus amarfilados dientes, que parecían una ringlera de perlas finas.
III
La mañana fué luminosa, esplendente. Bien de madrugada el buen Juan González, el astuto intérprete, llamaba quedamente a la puerta de la alcoba de don Cristóbal.
— Señor, señor, soy yo. Juan González.
— Entra. ¿Qué hay?
— Toda la noche hemos estado velando vuestro sueño, ¡Partamos, señor don Cristóbal, partamos!
— Llama a Guaybana. mi cacique encomendado.
- Ya le había citado, señor. Está abajo en el portal esperando vuestras órdenes.
— Dile que entre.
Juan González obedeció la orden de su Capitán, y Guaybana, el cacique principal de Boriquén. penetró en el salón. Saludó a don Cristóbal fríamente, llevándose la mano derecha a la frente, pero manteniendo el ceño muy fruncido. Era Guaybana un joven robusto, desenvuelto y altivo. Había heredado el cacicazgo de su tío Agüeybana, y odiaba mortalmente, de todo corazón a los invasores.
— Necesito, Guaybana —díjole don Cristóbal—, que nombres una cuadrilla de tus naboiras, para que lleven mi fardaje a la Villa de Caparra. Estoy de viaje y quiero partir inmediatamente.
Juan González, el lengua, interpretó a su Capitán.
— Serás complacido —contestó el cacique secamente, retirándose de la alcoba sin saludar, y con el ceño fruncido como cuando entró en el aposento.
— Señor don Cristóbal, ¿qué habéis hecho? ¿Por qué habéis indicado a Guaybana la ruta que vamos a seguir? — exclamó el intérprete, aterrado con la imprudente franqueza de Sotomayor, que no daba gran importancia al movimiento insurreccional de los boriquenses.
— Juan, mi buen Juan, es preciso que sepan estos gandules que nosotros no huimos de ellos. No temáis, amigo mío, que el Dios de las victorias está con nosotros. Nadie puede humillar el pendón castellano. ¡Ea, González, a preparar el viaje!
Y el intrépido joven descolgó de la pared su espada toledana, su casco y su rodela, colocándolos sobre la cama. Guanina al ver lo que hacía su amante, se acercó a él y le dijo, al oído:
— ¡Llévame contigo, amor mío! No quiero quedarme aquí sin tu compañía. ¡ Llévame... !
—Imposible ahora. Guanina. Tan pronto salgamos de estos sitios, habrá una fuerte guasábara y yo no quiero que una flecha te alcance y pueda herirte o matarte. Una rozadura de tu piel me partiría el corazón. Pronto volveré por ti, muy pronto. Te lo prometo.
Y estrechándola entre sus brazos la besó en la boca con ardor juvenil. Guanina, puso a llorar tristemente, sin que los sollozos que salían de su pecho hicieran cambiar de resolución al noble y arrogante doncel.
Los naborias, sirvientes indios, empezaron a entrar en el aposento de don Cristóbal y a repartirse la carga.
Los indígenas miraban de reojo, con mal disimulada cólera, a la hermosa Guanina, que tenía los párpados hinchados de tanto llorar.
La comitiva estaba en el batey, esperando las últimas órdenes. Don Cristóbal dispuso que Juan González quedase a retaguardia con los equipajes y que sus cinco amigos marcharan con él a vanguardia, bien prevenidos, para evitar una emboscada. El adalid, buen guía, había de ir marchando a la descubierta. Como iban de viaje y a pie, no podían llevar toda la armadura, y se pusieron solamente petos de algodón, para resguardar el tronco de algún flechazo.
Don Cristóbal, puesto el casco de bruñido acero, ceñido el espadón y embrazada la rodela, subió precipitadamente los escalones del caserón de su estancia para besar por última vez a su querida Guanina. No se dijeron ni una sola palabra. Se abrazaron y se besaron de nuevo convulsivamente. Cuando bajaba la escalera, llevóse don Cristóbal el dedo meñique de la mano izquierda, a la mejilla, para borrar furtivamente dos hermosas perlas que se habían desprendido de sus ardientes ojos y que el arrogante joven no quería fueran sorprendidas por sus compañeros de armas. Era el tributo justo de amorosa reciprocidad del soberbio paladín a la encantadora india, que había sacrificado a su amor los sentimientos de patria, raza y hogar indígenas.
IV
La comitiva de don Cristóbal de Sotomayor, aprovechando el ambiente fresco de la mañana tropical, se puso en marcha por el camino que conducía hacia la Villa de Caparra. Bien pronto se perdió de vista el reducido pelotón. Entonces Guaybana reunió trescientos indios, de sus mejores guerreros, y les dijo:
— Sonó, amigos míos, la hora de las venganzas. Muchas lunas me han sorprendido llorando nuestra desgracia. Hay que destruir ahora a todos los invasores o morir por la patria en la desmanda. Todos nuestros hermanos de las otras comarcas de la isla están ya preparados para la lucha. El zemí protector manda morir matando. El sol de hoy nos será propicio con sus lumbres. Es preciso, pues, no seáis vosotros inferiores en valor a los valientes guerreros que capitanean Guarionex y Mabó Damáca. Fijad la puntería de las flechas y amarradas a las muñecas las manijas de las macanas. ¡Adelante, adelante!
Guaybana lucía su penacho de plumas multicolores, llevaba al cuello el guanín de oro, distintivo de jefe, y blandía con la mano derecha la terrible hacha de sílex, con que derribaba sus bosques de úcares y cedros.
Seguían al decidido cacique trescientos indios, bien armados, con sus carcajes al hombro, llenos de flechas, el arco en la mano izquierda y la macana en la diestra. Llevaban el pelo recogido al occipucio con un cordón de maguey y el cuerpo pintarrajeado en franjas con la pasta del achiote amarillo y el jugo negro de la jagua.
Marchaban los indios sin orden ni formación por la vía que poco antes había tomado don Cristóbal, en cuya busca iban. Todos hablaban o gritaban, produciendo una algarabía infernal. Habían perdido por completo el miedo a los extranjeros.
V
sintió que se aproximaban los boriquenses, en sentido hostil, fué el intérprete Juan González, que marchaba a retaguardia. El astuto lengua dió orden en seguida a los naborías de detenerse y hacer alto, para escudriñar lo que era aquel ruido. Y al mismo tiempo que se daba cuenta de lo que ya él, con su buen juicio, se presumía que fuese, se le echaron encima unos y recibió dos macanazos, que le rompieron la cabeza y le salpicaron de sangre. Afortunadamente no perdió el conocimiento y arrodillándose ante el soberbio cacique Guaybana, que acababa de divisar, le pidió la vida y ofreciósele a servirle perpetuamente.
— ¡Dejad a este bribón, no le matéis! — gritó Guaybana y volviéndose con arrogancia a los suyos, exclamó:
— ¡Avanzad en busca de don Cristóbal y su gente!.
La mesnada india obedeció; y corrió por el atajo, lanzando furiosos gritos de guerra. Los naborías saquearon el equipaje, que poco antes llevaban a cuestas, y se desparramaron en distintas direcciones.
Viéndose Juan González solo, dió gracias a Dios por haberle salvado la vida, curóse como pudo las heridas de la cabeza, y trepóse en un frondoso árbol para esperar la noche y poder huir hacía Caparra con mayor seguridad de salvación, El buen lengua prefirió más ser un Sancho que un don Quijote, librando la ruin pelleja a costa del honor. A pesar de su desgracia, sentía hondamente no poder avisar a su amo de cómo era la avalancha de enemigos que iban en su contra.
VI
Don Cristóbal y sus cinco amigos caminaban con sumas precauciones al ojeo. De cuando en cuando la brisa les traía voces inacordes y ruidos extraños, procedentes del bosque. Cruzaron los senderos cautelosamente. Una ráfaga de viento les trajo vocablos más inteligibles. Eran gritos indígenas. Bien pronto comprendieron que se acercaban los indios en actitud belicosa y que habría guasábara.
El adalid, a pesar de ir a vanguardia, paróse, y dió la voz de alerta. Don Cristóbal dió el alto; y volviéronse todos del lado que venían las inacordes voces, bien embrazadas las rodelas y los aceros al aire libre. Pronto la flechería les advirtió que los enemigos eran muchos y que la lucha sería empeñada y sangrienta.
— Amigos míos — dijo el hidalgo don Cristóbal —, preparaos a dar buenas cuchilladas. Aunque somos pocos triunfaremos. No debemos separarnos ni por un instante. Tened el ojo avizor, pie firme y el brazo siempre en guardia, y que las estocadas sean rectas para que sean mortales. En la mano izquierda tened la daga. Y que Dios nos proteja.
— ¡Santiago y Sotomayor! —gritaron sus amigos—.¡Santiago y Sotomayor! — repitieron.
Como se precipita un torrente desbordado, acrecentado por las lluvias continuas, así cayó aquella turbamulta de indios sobre el pequeño destacamento castellano. Los primeros indígenas que se acercaron, mordieron el suelo inmediatamente. Se atropellaron de tal modo contra los cristianos, que no les fué posible usar de los arcos y las flechas; porque se peleaba casi cuerpo a cuerpo. La sangre humana lo teñía todo con su rojo color. Los gritos agudos y rabiosos, herían la atmósfera. Don Cristóbal y sus amigos lanzaban a su vez voces estentóreas de guerra para contrarrestar la de sus contrarios; y con cada estocada certera iba una maldición. La pequeña hueste revolvíase ágil a diestro. Los boriqueños acosaban a los castellanos por todas partes con terribles macanazos. volaban las macanas partidas en dos por los tajantes espadones. Poco a poco se fué apagando la estruendosa gritería y las respiraciones eran jadeantes. El suelo estaba lleno de cadáveres por todos lados. Los indios podían reemplazarse los españoles no. El último de ellos que cayó, fué el Cristóbal, con el casco abollado y la espada rota, pero de frente a sus contrarios. En vano trató de alcanzar al soberbio Guaybana, pues cuando llegó a divisarle corrió hacia él, para atravesarle con la espada, tropezó ésta en una liana, recibiendo al mismo tiempo un macanazo en la cabeza que le privó de la vida, a la vez que otro formidable golpe de macana dado de soslayo, le rompía la espada.
Guaybana y sus guerreros se acogieron a una loma cercana para descansar de las fatigas del combate, enterrar a sus muertos y orientarse en la campaña que iban a emprender contra los cristianos. El primero que habló fué el soberbio régulo de Guaynia:
— ¡El gran Zemí está con nosotros! En verdad que mi guaitao don Cristóbal era todo un valiente. No retrocedió ni un paso. Si fuéramos caribes, nos beberíamos su sangre para que nos infundiera su gran valor. Es preciso hacerle los honores de un gran guerrero y enterrarle con la pompa correspondiente a su categoría de cacique español. Tú, Naiboa, ve donde el bohique principal Guacarí y que se cumplan mis órdenes.
Cuando el nitayno o lugarteniente Naiboa, fué con veinte indios a recoger el el cadáver del desgraciado hijo de la Condesa de Camiña, se encontraron a Guanina, lavándole el rostro a su amante, y tratando, en su delirio de volverle a la vida con sus ardientes besos. Regreso la comitiva india, llevando la noticia infausta a Guaybana, que su hermana Guanina no había dejado que tocaran el cadáver de don Cristóbal.
- Bien, Naiboa. El Zemí tutelar así lo habrá dispuesto -replicó el régulo boriqueño-. Respetad el dolor de Guanina, amigos míos. Mañana será sacrificada sobre la tumba de su amante para que le acompañe en la otra vida.
Y añadió con triste voz el cacique vencedor:
— Tú, bohique Guacarí, dirigirás el rito cruento.
El augur se puso en pie y marchó con sus acólitos en demanda de la víctima infeliz y del cadáver del Capitán cristiano, a fin de preparar la fúnebre ceremonia para el día siguiente.
Cuando llegaron al sitio de la desgracia, encontraron a Guanina muerta, descansando su cabeza sobre el pecho ensangrentado del hidalgo español.
VII
Los cadáveres de don Cristóbal y Guanina fueron enterrados juntos al pie de una gigantesca ceiba. Y sobre esta humilde tumba, brotaron espontáneamente rojas amapolas silvestres y blancos lirios olorosos. La naturaleza misma ofrendando en el altar del amor ingenuo, alma del mundo, hálito misterioso, soplo divino y dicha perenne de las almas puras.
Cuando al declinar el día, la purpúrea luz enrojece el Occidente, como si lo bañara en sangre, y la sombra de la gigantesca ceiba, añosa y carcomida por la edad, arropa una gran extensión de terreno, creen los campesinos de la cercanía escuchar en aquella loma dulces cantos de amor, con el suave susurro de las hojas. Sabedores por la tradición, que allí fueron sepultados el valiente don Cristóbal de Sotomayor y la hermosa india Guanina, creen que son las almas de los dos jóvenes amantes, fieles a su intenso amor, que salen de la tumba a contemplar la estrella de la tarde y a besarse a los rayos de la luna.


Vocabulario:  

  1. Achiote: Árbol, con sus semillas producían pigmentos para pintarse el cuerpo.
  2. Agüeybana: Importante cacique taíno.
  3. Areyto: Canción acompañada por baile.
  4. Batey: Plaza para asambleas o juegos de pelota.
  5. Bohique: Sacerdote taíno.
  6. Guaitiaos: Personas que se han juramentado sincera amistad.
  7. Guanín: Pieza de oro, en forma de lámina, que solían llevar al cuello los indios principales.
  8. Guarionex: Cacique taíno.
  9. Guasábara: Ataque guerrillero indígena.
  10. Guaynia: Nombre del poblejo del cacique Agüeybana, en el Boriquén.
  11. Jagua: Fruto de árbol con el que producían tinta negra.
  12. Lengua: Traductor.
  13. Mabó Damáca: Cacique taíno.
  14. Naboira: Sirvientes indios.
  15. Nitayno: Lugarteniente del cacique.
  16. Zemí: Espíritu ancestral


Foto tomada de: http://www.nytimes.com/2005/11/27/movies/27chago.html?pagewanted=all&_r=0

lunes, 13 de enero de 2014

La Capilla del Cristo (San Juan, PR)

domingo, 12 de enero de 2014

El grano de oro

Por: Cayetano Coll y Toste

I
Entre los pobladores del Boriquén, que se habían dedicado a la busca de oro, había dos activísimos sevillanos, Antonio Orozco y Juan Guilarte. Eran muy amigos. Vinieron a la isla con cartas de vecindad del Rey, dadas por la Casa de la Contratación de Sevilla. Vivían en Caparra y disponía cada uno de una Encomienda de cuarenta indios, un solar y una caballería de tierra.
Orozco y Guilarte trabajaban con sus cuadrillas de naborías en los placeres auríferos del río Mabiya lavando diariamente arenas y más arenas, en busca de las deslumbrantes pajuelas del precioso metal.
Un día dijo Orozco a Guilarte:
— El lunes de la semana entrante, al romper el alba, nos vamos a ir tierra adentro, a ver si nos topamos con algún yacimiento de oro.
— ¿Llevaremos indígenas por guías?
— No. Llevaremos brújula para orientarnos, marchando siempre hacia el Sur; y repletas las alforjas para unos días. Dejaremos nuestros capataces al frente de las cuadrillas en el Mabiya.
— ¡Conforme! Pero no debemos olvidar nuestras mantas, para defendernos del relente, si hemos de dormir en el bosque.

II
Después de ocho días de exploración a través de la selva virgen, llegaron a una cumbre, desde la cual divisaron al mar Caribe a un lado, y al otro el Atlántico. El panorama era esplendente; sabanas y montículos con todos los colores del verde, desde el claro esmeraldino al ágata crisoprasa; y al horizonte, de frente y de espalda, dos franjas de azul turquí.
— Aquí fabricaría yo una casa de campo -dijo Guilarte.
— Valiente burrada sería -replicóle Orozco- ¡Esto es bueno para contemplarla un rato, pero luego hastía!
— ¡Pues yo creo que a mí no me hastiaría nunca! -volvió a anotar Guilarte.
— ¡Tonto! Lo mejor es que reunamos mucho oro y nos larguemos a Triana. ¡De Sevilla al cielo!
— Pues chico, muchas arenas tenemos que lavar para asegurar algo. ¡Y luego, eso de tener que dar al Rey el Quinto, por su linda cara! ¡Vamos me parece que en mucho tiempo no salimos de nuestra pobreza...!
Los dos amigos, sentados sobre una roca. después de su andariega expedición, abrieron sus morrales y empezaron a devorar su pan casabí y unos pedazos de queso canario.
Orozco era un hombre como de treinta años, piel blanca, pecosa, pelirrojo, ojos pequeños y grises, nariz aguileña pronunciada, labios finos contraídos, con las comisuras caídas. Alto de cuerpo, enjuto y descarnado. Espíritu impaciente, audaz, ambicioso. Tenía la mirada picaresca del tahúr de profesión. Revelaba en su tipo los cruzamientos de sus antepasados. Su atavismo surgía en el ojo gris vándalo y en su nariz judaica.
Guilarte representaba un genuino tipo berebere. Nacido en suelo español. Trigueño, ojos negros rasgados, nariz recta y fina, rostro oval, cerrado de barba negra, brillante y rizada. Permanentemente la sonrisa en los labios. Buena musculatura. Indolente, Le atraía el canto de los pájaros y el rasguear de una guitarra, Le gustaba cortejar las indias y había aprendido con ellas a cantar y bailar los areytos.
De pronto Guilarte dijo a Orozco:
— Mira hacia esa hondonada, en la dirección de mi brazo. ¿Qué ves?
— Una piedra, que brilla como un topacio con los rayos del sol.
— Fíjate bien y verás que es un trozo de oro unido a un trozo de cuarzo.
— ¡Electivamente! ¡Qué buena vista tienes! ¡Y es bien grande...!
— Pero, ¿quién diablos desciende de esta elevada montaña allá abajo para recogerla?
— ¡Pues tú y yo...!
— ¿De qué modo? — dijo Guilarte.
— Hagamos aquí campamento con yaguas y tejamos sogas de majagua, que reforzaremos con bejucos. Y con sogas haremos una buena escala.
— ¡Pues al avío! Las palmas de yaguas están ahí y más allá distingo un boscaje de majaguas. Las lianas están por dondequiera para darnos fuertes bejucos.
Ante el hallazgo fortuito de tan valioso grano de oro desaparecía la contemplación de aquella hermosa naturaleza virgen, sorprendente, que el sol bañaba con áureos reflejos venciendo la maraña impenetrable de la selva. El follaje raquítico bordeaba el abismo y de una roca pelada manaba un hilo de cristalina linfa que huía rápidamente por entre los peñascales, perdiéndose el brillador chorrito en las profundidades de aquella inmensa olla.
III
Terminada la escala con rapidez y pericia extraordinarias y bien asegurada a un gran cedro, descendieron por ella fácilmente Orozco y Guilarte.
Llegados al fondo del abismo vieron que la piedra codiciada era más grande de lo que creyeron en un principio.
— El oro que tiene esta piedra vale, separado el cuarzo y demás ripio, de cuatro a cinco mil castellanos — dijo Guilarte, que era inteligente en metalurgia.
— Lo suficiente para sacar avante a uno de los dos, pero no a entrambos. Busquemos a ver si encontramos otro grano.
Desengañados de no encontrar más oro, dijo Orozco a Guilarte:
— Te voy a proponer un negocio, Juguemos a los dados este hallazgo y a quien Dios se lo dé, San Pedro se lo bendiga. Si te lo ganas, puedes ya retirarte a España. Si me lo gano yo, me voy de soleta a Sevilla. El que se quede en Caparra se encarga de la de su compañero y la explota en sociedad.
— Bueno -contestó Guilarte —. ¿Y los dados?
— Aquí los tengo — replicó Orozco.
— ¡Pues échalos!
La suerte favoreció a Orozco, Y Guilarte le felicitó con sinceridad, añadiendo:
— Se han cumplido tus deseos. Vamonos para arriba.
— Sube tú primero, yo iré después con la piedra.


Guilarte echó mano a la escalera y trepó ágilmente por ella.
Cuando llegó arriba se sentó al borde del abismo a esperar a su amigo. Orozco subió bien hasta la mitad de la escala, pero se rompió un escalón y estuvo a punto de caer, pues tenía la mano izquierda embargada con la piedra aurífera. Gritó a Guilarte y éste le contestó:
— ¿Qué hago?
— Tira de la escala para que me ayudes a ascender o tengo que soltar la piedra. ¡Pronto, pronto!
Guilarte, que era hombre de muchas fuerzas, se acercó al cedro y empezó a halar de la escala con precipitación. De repente rodó por tierra. La escala, hecha de fibras verdes de majagua a pesar de estar reforzada de bejucos, también verdes, no pudo resistir el roce áspero de la peña y súbitamente se rompió. El infeliz Orozco cayó en la hondonada desde una gran altura y aunque la maleza amortiguó el golpe, quedó medio muerto en el césped del bosque. Imposible le fué a Guilarte poderlo socorrer, y desalentado regresó al campamento de Mabiya, caminando día y noche.
IV
Con ayuda de buenos indios, prácticos, y fuertes escalas, volvió Guilarte, diligente, al socorro de su infortunado amigo. Cuando llegó a su lado estaba aún vivo, abrazado a aquella fatídica piedra que le costaba la vida. Lo primero que pidió fué agua. No había podido moverse de donde había caído porque tenía rotas las dos piernas. Después que satisfizo la sed, llamó a Guilarte y le dijo:
— ¡Voy a morir! ¡ Oyeme! Tú descubriste el grano de oro y yo te quité tu parte usando dados falsos. Dios me ha castigado. ¡Perdóname...!
Y expiró. El pobre Orozco fué víctima de su ambición. Todas las pasiones son buenas, ha dicho un filósofo, mientras uno es dueño de ellas, y todas son malas cuando nos esclavizan. Conducido el cadáver al campamento de Mabiya se le dió cristiana sepultura. Sabido en Caparra lo ocurrido, los Oficiales Reales dieron cuenta al Rey, quien concedió a Guilarte todas aquellas tierras exploradas por él y su infiel y desgraciado amigo. También es verdad que el honrado y desprendido vasallo había regalado a la Catedral de Sevilla aquella enorme pepita de oro, por la cual Orozco, con el ansia de enriquecerse, había sido traidor a la amistad.
Todavía en la cordillera central de la Isla, hay una cumbre, denominada La Sierra de Guilarte, que recuerda este trágico suceso.

Foto tomada de: http://aquiestapuertorico.com/leyenda-del-grano-de-oro/

¿Qué es una leyenda?

Una leyenda es una narración de hechos naturales, sobrenaturales o mezclados, que se transmite de generación en generación en forma oral o escrita. Generalmente, el relato se sitúa de forma imprecisa entre el mito y el suceso verídico, que le confiere cierta singularidad. Se ubica en un tiempo y lugar que resultan familiares a los miembros de una comunidad, lo que aporta al relato cierta verosimilitud. En las leyendas que presentan elementos sobrenaturales, como milagros, presencia de criaturas feéricas o de ultratumba, etc., estos se presentan como reales, pues forman parte de la visión del mundo propia de la comunidad en la que se origina la leyenda. En su proceso de transmisión a través de la tradición oral las leyendas experimentan a menudo supresiones, añadidos o modificaciones, surgiendo así todo un mundo lleno de variantes.

Se define a la leyenda como un relato folclórico con bases históricas. Una definición profesional moderna ha sido propuesta por el folclorista Timothy R. Tangherlini en 1990: "Típicamente, la leyenda es una narración tradicional corta de un solo episodio, altamente ecotipificada,  realizada de modo conversacional, que refleja una representación psicológica simbólica de la creencia popular y de las experiencias colectivas y que sirve de reafirmación de los valores comúnmente aceptados por el grupo a cuya tradición pertenece". Contrariamente al mito, que se ocupa de dioses, la leyenda se ocupa de hombres que representan arquetipos (tipos humanos característicos), como el del héroe o el anciano sabio, como se aprecia por ejemplo en las leyendas heroicas griegas y en las artúricas.

Una leyenda, a diferencia de un cuento, está ligada siempre a un elemento preciso y se centra en la integración de este elemento en el mundo cotidiano o la historia de la comunidad a la cual pertenece. Contrariamente al cuento, que se sitúa dentro de un tiempo («Érase una vez...») y un lugar (por ejemplo, en el Castillo de irás y no volverás) convenidos e imaginarios, la leyenda se desarrolla habitualmente en un lugar y un tiempo preciso y real, aunque aparecen en ellas elementos ficticios (por ejemplo, criaturas fabulosas, como las sirenas). Como el mito, la leyenda es etiológica, es decir, tiene como tarea esencial dar fundamento y explicación a una determinada cultura. Su elemento central es un rasgo de la realidad (una costumbre o el nombre de un lugar, por ejemplo) cuyo origen se pretende explicar. Las leyendas se agrupan a menudo en ciclos alrededor de un personaje, como sucede con los ciclos de leyendas en torno al Rey Arturo, Robin Hood, el Cid Campeador o Bernardo del Carpio. Las leyendas contienen casi siempre un núcleo histórico, ampliado en mayor o menor grado con episodios imaginativos. La aparición de los mismos puede depender de motivaciones involuntarias, como errores, malas interpretaciones (la llamada etimología popular, por ejemplo) o exageraciones, o bien de la acción consciente de una o más personas que, por razones interesadas o puramente estéticas, desarrollan el embrión original. Cuando una leyenda presenta elementos tomados de otras leyendas se habla de «contaminación de la leyenda».

Las más distinguidas son:
  1. Leyendas etiológicas: aclaran el origen de los elementos inherentes a la naturaleza, como los ríos, lagos y montañas.
  2. Leyendas escatológicas: acerca de las creencias y doctrinas referentes a la vida de ultratumba.
  3. Leyendas religiosas: historias de justos y pecadores, pactos con el diablo, episodios de la vida de santos.
  4. Leyendas urbanas: pertenecen al folclore contemporáneo, circulan de boca en boca, etc.
  5. Leyendas rurales: solo las leyendas válidas en el campo, porque no tienen lugar o adaptación para las urbanas.
  6. Leyendas locales: es una narración popular de un municipio, condado o provincia.
Algunas leyendas pueden ser clasificadas en más de un grupo, ya que por su temática abordan más de un tema.

Información tomada de: http://es.wikipedia.org/wiki/Leyenda

sábado, 11 de enero de 2014

La casa encantada

Por: Cayetano Coll y Toste

I
Habiendo dispuesto los Reverendos Padres Jerónimos, en 1519, que la Cibdad de Puertorrico fuera trasladada de Caparra a la Isleta, donde actualmente se encuentra, comprendió su fundador Ponce de León que sus enemigos habían triunfado en el litis entablado en su contra desde los tiempos de Juan Cerón, con el fin de trasladar a otro punto de la isla el primer burgo cristiano. Resolvió, por ende, el Conquistador irse a poblar el Biminí y la Florida, descubiertas por él en la Pascua de 1512.
Gran organizador el Leonés, preparó diestramente su expedición, y el 26 de febrero de 1521, se hizo a la vela desde el puerto del viejo San Germán, a la desembocadura del Guaorabo, con rumbo a los citados países, en demanda de nuevas aventuras por aquella azul lontananza.

Al poco tiempo se supo en San Juan, el desastre del desembarco de los expedicionarios en La Florida y los combates sangrientos con los terribles indios Seminólas, así como la necesidad apremiante de Ponce de León, herido gravemente en un muslo, de reembarcar su gente y replegarse a la Habana, donde falleció.

La familia del Conquistador, apesadumbrada, cerró la casa de Caparra y se vino a vivir a la incipiente ciudad, a la Casa Blanca, que entonces era toda de madera, al amparo de García Troche, casado con la hija mayor del Adelantado de Biminí y la Florida, y que desempeñaba el cargo de Alcayde de la Fuerza.
El inmenso caserón de dos pisos, fabricado en Caparra, con todos los bajos de tapiería, fuerte, almenado y con saeteras, y los altos de recias maderas del país, con un amplio balcón a la redonda de los cuatro costados, donde solía pasearse el Conquistador muy a menudo; y las techumbres y la gran buharda con rojas tejas de Castilla, traídas de La Española, quedó todo ello entregado a un fiel guardián, chapado como los antiguos indomables vasallos, natural también de Tierras de Campos, como su señor, y a quien el Capitán Poblador distinguía cariñosamente llamándole «mi buen Gaspar de Hinojosa».
II
— Señor Alcayde. ahí fuera está Hinojosa de Caparra, que quiere hablar con Su Merced.
— Que pase.
El viejo soldado penetró con paso firme al saloncito de retén de la Fuerza, donde García Troche despachaba oficialmente. Quitóse su vieja gorrilla de cuartel y esperó a ser interrogado.
— ¿Qué deseas, Hinojosa? — dijo el Alcayde.
— Señor, vengo a comunicar a Su Merced, que he tenido que dejar la casa del Capitán don Juan, en cuyos bajos vivía cómodamente con mi familia y trasladarme a un descabalado bohío, un cuchitril, algo lejos, para complacer a mi mujer y mis hijas, Y como arriba, en los pisos altos, hay intereses que custodiar, necesito que se me auxilie con un par de guardianes de confianza, que puedan allí pernoctar.
—¿Y por qué tu familia no quiere vivir en la casa del Adelantado, siendo tan cómoda?
— ¡Señor — dijo Hinojosa, con las mejillas lívidas y visible turbación-, la casa está encantada...!
— ¿Cómo encantada?
— Señor, después que se recibió la noticia de la desgraciada muerte del señor don Juan, a los pocos días se empezaron a sentir ruidos en la parte alta de la casa.
Mí mujer me llamó la atención varías veces y yo lo atribuí a las ratas; pero una noche, que estaba desvelado, sentí andar en el balcón. Las pisadas no podían confundirse, a pesar de que silbaba un recio viento turbonado en la cañada. Eran pisadas fuertes de botas. Sigilosamente me eché fuera de la cama, empuñé el espadón y por la puertecilla trasera me salí al batey. Las hojas secas de los árboles inmediatos rodaban en torbellinos por el suelo. Había un poco de claridad lunar. Yo miré con cautela hacia el balcón y quedé sobresaltado. Se me cayó la espada de la mano. ¡Señor! Distinguí perfectamente al Capitán don Juan, de espalda. Llevaba su peto, su casco, sus botas y su tizona. Marchaba majestuosamente, como si se paseara a lo largo del balcón. ¡Cuántas veces en vida le vi recrearse así ! ¡No era una sombra, era la realidad.! Refugióme, señor, a mi cuarto, esperé a que amaneciera, y sin decir nada a mi mujer ni a mis hijas, las mandé al rancho indicado y me he venido a San Juan a dar cuenta a Su Merced de lo que ocurre.
E Hinojosa aterrizó su mirada; y pálido y sudoroso se quedó esperando órdenes.
— Bien -dijo García Troche secamente—. Daré parte al señor Obispo Manso. Se dirán misas por el descanso del alma del Adelantado. Y se asperjerá con agua bendita toda la casa por si son maleficios de Satanás. No digas a nadie, absolutamente, lo que me acabas de referir.
García Troche conferenció con Su Ilustrísima Alonso Manso, y se tomaron las medidas indicadas.
III

Al mes de haber ocurrido el suceso relatado hubo una gran tormenta, que casi dejó destruida la ciudad. El Alcalde, Pedro Moreno, quedó arruinado y García Troche le prestó la casa de Caparra, ínterin reedificaba la de la Capital, arrasada por el ciclón. Cuál no sería el asombro del Alcayde de la Fuerza al ver aparecer a Moreno al día siguiente y decirle pálido, amohinado y con acentuada agitación nerviosa:
— Amigo mío, afortunadamente no llevé mi familia a Caparra.
— ¿Por qué?— le replicó García Troche.
— ¡Pues sencillamente, porque esa casa está encantada! ¡A la media noche sale el Adelantado, vestido en son de guerra a pasearse por el balcón...!
— Vamos, vamos, Moreno, os habéis dejado sugestionar por el supersticioso de Hinojosa.
— Nada de eso. García Troche. Hinojosa me preparó un aposento de los altos. Y a la media noche, sentí que pisaban fuertemente en el balcón. Me vestí. Abrí sigilosamente una ventanilla y vi, de refilón, pasar al Adelantado. Iba hablando y gesticulando. Y llevaba en la diestra el espadón...
— Pero, ¿le visteis la cara?
— Para qué, si era él. Su estatura, su modo de andar. Su casco y su peto. Lo conocí en seguida. La silueta del Adelantado se destacaba en aquella lobreguez de la noche vigorosamente. Se oía bien claro el retintín acompasado y metálico de sus doradas espuelas. Cerré cuidadosamente la ventanilla y aquí me tenéis. ¡Yo no me meto con la gente del otro mundo! ¡Ni por un cuento de maravedises de oro, llevo mi familia a Caparra...!
IV
García Troche volvió a hablar con el señor Obispo.
— Mandaré al alguacil de la Santa Hermandad para que le demande, a ver qué pide de nosotros el Capitán don Juan — replicóle su Ilustrísima, arrugando su ancha frente.
El alguacil Pérez de Zúñiga con cuatro corchetes, después de confesar y comulgar, vestidos de paño negro, se trasladaron a Caparra, a fin de pernoctar en la casa del Adelantado e interrogarle de parte del Santo Oficio. Hinojosa los hospedó en los bajos y quedaron en vela todos. A la media noche se empezaron a sentir los ruidos.

— En verdad, Pérez, que estás metido en un lío muy peligroso. Recordad que el Capitán Poblador, tenia en vida un genio muy fuerte, que nadie se lo podía aguantar— díjole el fiel Hinojosa.

— No embargante —contestó Pérez de Zúñiga-. Yo me ceñiré a cumplir con mi deber. Sólo debo interrogarle, como alma del otro mundo, qué pide de los que quedamos en éste. ¡Y pax Christi...!
Hinojosa abrió la puerta excusada y se deslizó al batey. Detrás de él Pérez y los corchetes. La noche tenia el claror astral. A ras de tierra, contiguo a la maraña salvaje del boscaje cerca de la quebrada, flotaba una neblina gris, diáfana. Aquellas brumas parecían un grupo de fantasmas. El espíritu humano acoge con fervor lo misterioso. Plañía fuertemente el terral entre las branquias de una gran ceiba. El terror se apoderó de improviso del pecho de todos, Pérez de Zúñiga sintió un hondo desadosiego.
— Hinojosa —dijo quedamente el alguacil al guardián—, te vamos a pedir un favor.
— Diga, Pérez de Zúñiga.
— Pues, tú serás testigo en el día de mañana ante el Santo Oficio, que el Capitán pide misas y oraciones. ¡Porque lo que es hijo de mi madre, no sube esa escalera a habérselas con el Adelantado ...!

Y se pasaba la mano por la frente llena de copioso sudor.
— ¡Tampoco nosotros! — dijo el más audaz de los corchetes.
Intentaron orar y no pudieron. Un silencio mortal reinaba en aquella soledad. En el balcón se destacaba distintamente la alta figura del Conquistador, que marchaba con paso fuerte y acompasado. Soplaba recio el terral. Acongojados se acogieron los vigilantes a los bajos del caserón, acuciados por el miedo.
V
La casa de Caparra fué desalojada, y todos los enseres y recuerdos de Juan Ponce de León fueron trasladados a la Capital. El caserón fué clausurado después de llevar a la ciudad todo lo utilizable. Más tarde se utilizaron las maderas y quedaron en ruinas las tapierías, Hoy se encuentra con gran dificultad parte de los cimientos.
A los cinco años de ocurrir estos sucesos, decía un padre dominico al Prior del Convento:
— Acabo de confesar en artículo de muerte al viejo cacique Adamanay, tan adicto al Conquistador, y me ha referido que todos los días, después de haber sabido la muerte de don Juan, dejaba a media noche el conuco y se iba al caserón de Caparra y se ponía, el muy osado, la armadura completa del Capitán; siendo su ufanía pasearse un buen rato por el amplio balcón de la casa. Preguntado por qué hacía eso, me contestó enfáticamente, con el gesto sincero de un convencido: «Para adquirir el valor y la destreza del señor don Juan, que era un gran guerrero.»
¡Los indígenas de las Antillas tenían sus creencias raras, aunque en cuestión de creencias supersticiosas todos los pueblos tienen sus extravagancias ...!

Tomado de: http://pueblosoriginarios.com/textos/coll/encantada.html

viernes, 10 de enero de 2014

El fantasma de "La Cadena"

Estaba conduciendo su automóvil desde Mayagüez, Puerto Rico, hacia su casa en Arecibo, en la noche del 20 de noviembre de 1982, cuando Abel Haiz Rassen, mercader árabe que vive en Puerto Rico, cruzó un sector conocido como The Chain. Un hombre calvo estaba de pie en la orilla de la carretera, haciendo autostop. Haiz Rassen miró al hombre, que tenía unos treinta y cinco años y vestía camisa gris y pantalón vaquero pardo, y siguió adelante…

Pero cuando se detuvo ante un semáforo en rojo en la siguiente encrucijada, se paró el motor de su coche. Mientras trataba de ponerlo de nuevo en marcha, se dio cuenta de que el autostopista abría la portezuela y se metía en el automóvil.
«Me llamo Robert››, dijo el hombre al sorprendido Haiz Rassen. ¿Tendría la bondad de llevarme a mi casa, en la urbanización «Alturas de Aguada»? Hace casi dos meses que no veo a mi esposa Esperanza y a mi hijo.

Haiz Rassen se negó, diciendo que su esposa le estaba esperando en Arecibo, pero Roberto insistió. El conductor volvió a tratar de poner el coche en marcha, y éste arrancó de pronto.
Convino en llevar a Roberto hasta el restaurante «El Nido». En el curso del breve viaje, el importuno pasajero le advirtió que condujese con cuidado y que no bebiese. Y pidió a Haiz Rassen que rezase por él.

Haiz Rassen se detuvo aliviado en la zona de aparcamiento del restaurante. Unos que le observaban de cerca le vieron hablar animadamente, al parecer consigo mismo. Uno le preguntó si necesitaba ayuda.

-No -respondió Haiz Rassen-, pero este caballero quiere que le lleve a casa.
Se volvió a su derecha para señalar al pasajero… pero allí no había nadie.
Estaba tan impresionado que a punto estuvo de enfermar. Llamaron a la Policía, y dos agentes, Alfredo Vega y Gilberto Castro, le llevaron al hospital local, donde refirió su extraña historia.
Escépticos, pero todavía intrigados, los agentes se dirigieron a la urbanización y llamaron a la puerta de la casa que dijo el conductor que le había indicado Roberto. La abrió. Una mujer que llevaba un niño pequeño en brazos. A preguntas de los agentes, respondió que se llamaba Esperanza y que era viuda de Roberto Valentín Carbó.

Su marido, que era bastante calvo, llevaba una camisa gris y unos pantalones vaqueros pardos el 6 de octubre de 1982, en que había muerto en un accidente de automóvil, en el lugar exacto de la carretera donde Abel Haiz Rassen le había visto por primera vez seis semanas más tarde…

Tomado de: http://www.lahoramarcada.com/historias-de-traileros/el-fantasma-que-se-aparece-en-la-autopista-puerto-rico/

Foto tomada de: http://www.clubclio.com/public/foro/viewtopic.php?p=1143442

Fortín San Jerónimo del Boquerón (San Juan, PR)

jueves, 9 de enero de 2014

La cuesta de Josefina

Josefina era una muchacha sencilla que había crecido bañada por las aguas del malecón de Guánica (Puerto Rico). Su tez morena y sus negros rizos tenían cautivados a todos los hombres del pueblo. Pero Josefina, que había sido criada con la severidad de su abuelo, nunca había aceptado los piropos de cualquiera que quedara prendado de su belleza taína. Era una muchacha dulce, gozaba del cariño de los chiquillos del barrio que al verla pasar corrían a sus brazos para lo cual Josefina siempre tenía un cargamento de besos en pago.

Guánica era para entonces, un pueblo con pocos habitantes, la mayoría pescadores que pasaban las horas tirando sus redes mar adentro o disfrutando de algún trago en el malecón. La serenidad de las aguas del malecón atraían a Josefina cada tarde. Solo alguna risa proveniente del bar, rompía momentáneamente aquel paradisiaco retrato. Recostada en el barandal, Josefina fue interrumpida por Dionisio, el hijo de uno de los importantes industriales de la región. Este sabiendo su facilidad para enamorar mujeres, se acercó al oído de Josefina y le dijo con franqueza: "Tu belleza es el único tesoro que me falta". Josefina se sintió ofendida por la actitud machista de Dionisio y se alejó sin mirarlo. Esta acción incendió el deseo carnal del hombre, que se propuso en ese momento conquistar el amor de Josefina a cualquier precio.

Los meses pasaban y Josefina, no cedía ante ningún avance de Dionisio. El cegado por el capricho de poseerla no desistía. Sin embargo, Josefina ya había abierto su corazón a un humilde pescador llamado Saulo. El joven había conquistado a Josefina sin mayor esfuerzo, quizás porque el olor a salitre que curtía su piel le recordaba a Josefina la belleza del mar.

Dionisio no tardó en enterarse de los amoríos de Josefina y al llegar a su conocimiento la noticia de que Josefina se casaría con Saulo, sintió que su corazón se llenaba de odio hacia ella. Transformado su capricho en el más negro desdén, recurrió a un brujo negro de la región para que evitara el casamiento. El brujo le dio la solución más sencilla: "Esta noche, cuando la luna llena se levante sobre tu cabeza llevarás al camino de la iglesia a tu caballo más querido y allí le susurrarás al oído: Llévate para siempre a Josefina", luego, harás un corte en la oreja a la cual susurraste. Antes de que la luna aparezca la siguiente noche deberás enviar a un peón a venderle el caballo a Saulo a un precio razonable".

Así ocurrió esa noche y el caballo fue puesto en manos del ingenuo Saulo al siguiente día. Pensó el enamorado que aquel brioso caballo sería un hermoso obsequio para su futura esposa. No tardó mucho en entregarle a Josefina el caballo blanco ataviado con flores de azahar, como un regalo de bodas. Ella totalmente sorprendida por aquel hermoso obsequio le prometió a Saulo llegar al siguiente día a la iglesia montada en el caballo blanco.

Llegado el día de la boda, Josefina se vistió con un sencillo vestido blanco que le había obsequiado su abuelo. Puso en su larga cabellera negra una flor de jazmín y unas botas gastadas para poder montar sobre su caballo. De inmediato, emprendió su marcha hacia la iglesia del pueblo, era el día más feliz de toda su existencia. Las personas del pueblo aplaudían al ver pasar a la novia más enamorada del mundo. A pesar de tanta felicidad, Dionisio la miraba con odio desde la entrada de su casa. Llegada al camino de la iglesia, fue entonces cuando él susurró para sus adentros "Llévate para siempre a Josefina".

Accionado como por un disparo letal, el caballo se levantó violentamente sobre sus patas traseras y lanzó a Josefina sobre el pavimento. Su craneo golpeó el suelo salpicando de rojo la flor de azahar que adornaba su cabeza. La luz en los ojos negros de Josefina, se extinguió para siempre:  había muerto.

El pueblo entero lloró a la hermosa novia que nunca llegó al altar. Se dice que Dionisio, arrepentido por lo que había pasado, ese día se ahorcó en la rama de un flamboyán. Todos pensaron que Dionisio se había quitado la vida invadido por la tristeza del rechazo de Josefina...

Relato creado por: Yolanda Rivera Matías

"La carretera que va de Guanica a Lajas, el tramo de la PR 116 que pasa justo de la cantera ha sido bautizada como la cuesta de Josefina, y es que cuenta la leyenda que a principios del siglo 19 cuando apenas la transportación era más en caballos, una tarde una joven iba vestida con su traje de novias montada en su caballo rumbo al altar de la iglesia rumbo a Ensenada. El caballo relincha y ésta cae abruptamente de espaldas con su vestido de novia impactando el suelo muriendo al instante. Desde ese instante fue bautizada la zona como la Cuesta de Josefina y es que en dicho trayecto las anécdotas son desde que oyen a altas horas de la noche un caballo relinchar poco usual en ese sector que los haya a esas horas, o hasta el desplazarse de celajes de una mujer vestida de blanco".

Datos de la leyenda, tomados de: http://expedienteoculto.blogspot.com/2012/10/colaboracion-el-fantasma-de-la-novia-de.html

domingo, 5 de enero de 2014

El perro de piedra

Un poco mar afuera, no muy lejos del Castillo de San Jerónimo, se levanta una estructura coralina que ha sido fuente de muchas bellas canciones folklóricas y de cuentos y que conocemos como La Piedra del Perro. Observándola desde un ángulo recto, puede apreciarse claramente un perrito posado sobre la inmensa masa de coral, vigilando con paciencia el tranquilo mar abierto y la firme línea del horizonte.

Dice la leyenda que cuando el Castillo San Jerónimo era una fortaleza militar española a cargo de proteger la costa de la isla de ataques enemigos, vivía allí un joven soldado llamado Enrique, que por estar tan lejos de su hogar y familia, se sentía solo y nostálgico por lo que buscaba un compañero. A diferencia del resto de los soldados en el fuerte, quienes habían sido educados desde niños para convertirse en guerreros y militares, toda su vida Enrique había sido un sencillo agricultor que ingresó en el ejército buscando aventuras y viajes por lugares exóticos.

Un día, mientras paseaba por las calles del Viejo San Juan, oyó un doloroso quejido proveniente de uno de los callejones. Tirado en una cuneta, con una pata malamente herida, se encontraba un perrito abandonado, que Enrique con mucho cuidado tanteó el débil cuerpo macilento, sonrió y le dijo a la infeliz criatura “No te preocupes amiguito, pronto estarás sano y corriendo por ahí”.
Después de semanas de descanso, el perrito había engordado y se veía muy enérgico. Pegado a los talones de Enrique, le acompañaba a todas partes provocando así risas y comentarios de los otros soldados. Un día el oficial superior de Enrique le preguntó cuál era el nombre de su mascota, a lo que contestó “Se llama Amigo, señor”.

Meses más tarde se recibió la noticia que España necesitaba hombres en Cuba, por lo que Enrique cayó entre los que debían partir. Tristemente, Enrique se despide diciendole a Amigo "No te preocupes, que yo regresaré, los compañeros aquí te cuidarán bien”. Amigo se quedó mirando el barco hasta que desapareció y entonces, se tiró al agua por uno de los lados del fuerte y nadó hasta llegar a un arrecife de coral que se encontraba en la base de la muralla. Subió a lo alto del arrecife y allí esperó el regreso del barco de Enrique, lo que continuó haciendo por muchos meses.
Otro día, se recibió la noticia de que mientras Enrique defendía su país en una brutal batalla naval, su barco se había hundido y con él todos los hombres a bordo. Todos los soldados en el Castillo San Jerónimo hablaban con tristeza de la tragedia y, a su manera, Amigo descubrió lo que había ocurrido. Traspasado de dolor, sin poder creer que su amo estaba muerto, nadó rápidamente hasta su puesto de vigilancia para continuar su interminable espera por el amo que nunca regresaría.

Pero aunque lujosos hoteles bordean la costa y modernos jets remontan el cielo convirtiendo el Castillo de San Jerónimo en un simple eco de su tiempo, asombrosamente, Amigo todavía se encuentra en el mismo arrecife, en el mismo lugar de su fiel vigilia, ahora convertido en piedra con el paso del tiempo, pero aún esperando fielmente el regreso de su amo.

Tomado de: www.oslpr.org/download/es/2000/086c2409.pdf   (P. de la C. 2409)

Imagen tomada de: http://www.puertoricodaytrips.com/unusual-osj-sights/

sábado, 4 de enero de 2014

El pirata Cofresí

por Cayetano Coll y Toste
 
La goleta "Ana," navegando de bolina y orza este, cuarta al nordeste, dobló punta Borinquen e hizo frente a las embravecidas ondas del mar del Norte, dejando las tranquilas aguas del noroeste de la ensenada de Aguadilla.

--"Aferra el trinquete(3) y afloja foque(4) y mayor(5)", gritó Cofresí al segundo de a bordo; y echémonos mar afuera a ver si tenemos hoy buena fortuna a barlovento.

Las órdenes del pirata se cumplieron estrictas y la ligera nao empezó a navegar velozmente con todo su aparejo a vela llena. Las ondas se rompían impetuosas en su proa y azotaban con sus espumas blanquizcas la cubierta del barco. Las cuadernas de la goleta crujían de vez en cuando. Detrás iba quedando una estela de lechoso espumajo hirviente.

El horizonte estaba límpido, el cielo azul, y el brisote frescachón que soplaba del este estaba fijo. La isla se iba perdiendo de vista. De cuando en cuando una gaviota pasaba graznando sobre la embarcación: parecía un pañuelo blanco arrojado en el espacio.

--"Pilichi", dijo Cofresí al grumete, con soberbio ademán, "vé a mi camarote y tráeme el anteojo. Me parece divisar algo en lontananza".

Y el arrogante marino ponía la mano horizontal sobre las cejas, como una visera, para enfocar bien su mirada de águila y escudriñar las lejanías del mar. Recibido el catalejo lo tendió diestramente y, cierto de lo que presumía, por sus ojos fulguró un relámpago, y gritó al contramaestre con voz llena de fanfarria.

--"Hazte cargo del timón, Galache, que tenemos enemigos a la vista".

Era un brick(6) danés que conducía mercaderías de Nueva York a San Thomas. Para tal época esa isla, con su puerto franco, era un depósito de grandes aprovisionamientos de telas, ferretería y artículos de lujo traídos de Europa y Norte América para surtir las Antillas y Venezuela. Cada vez se distinguía más claro el confiado buque mercante. Cofresí pasó al entrepuente de proa e hizo en su presencia cargar el pedrero de bronce con un saquillo de pólvora y abundante metralla. Después se cercioró que estaba fuerte el montaje de la cureña y firmes las gualderas. Entonces marchó a popa donde reunió su gente, llamando a cada uno por su nombre, y les dio sus instrucciones. Revisó severamente machetes y cuchillos. Hizo traer más armas blancas y ordenó ponerlas en un sitio especial en el combés cerca del palo del trinquete. Y tranquilamente se puso a amolar, con sumo cuidado, su hacha de abordaje.

La gente del bergantín, al divisar la goleta, izó la bandera danesa en señal de saludo. La velera "Ana" izó bandera de muerte, es decir, la bandera negra de los piratas. El brick ya no podía huir y afrontó el peligro. La goleta era muy andadora y se habla apropiado directamente al enemigo. El bergantín estaba abarrotado en su carga. Su tripulación comprendió que tenía que habérselas con un barco pirata. Pronto la borda del brick fue ocupada por diez rifleros alineados que hicieron fuego de fusilaría. Eran malos tiradores. Las balas atravesaron el velamen de la "Ana" y algunas se incrustaron en la obra muerta(7) del casco. Entonces las armas de fuego no eran de repetición; de modo que mientras las cargaban de nuevo los tiradores del bergantín, la goleta se puso a doscientos pies de distancia y le lanzó una descarga de metralla con el pedrero de proa. El ruido del cañón impresionó a los marineros del brick y antes que pudieran disparar por segunda vez sus rifles, ya la "Ana" estaba al abordaje, ceñida al buque contrario por estribor.

C
ofresí, hacha en mano, seguido de los suyos, saltó ágil y célere al buque abordado y atacó cuerpo a cuerpo a los defensores del brick. Estos no estaban preparados para un combate al arma blanca. Sonaron tres o cuatro tiros y quedó despejado el entrepuente(8). Los marineros del bergantín se refugiaron en las bodegas. Rápidamente se adueñó Cofresí del buque dando muerte al timonel y a algunos marinos que quedaron sobre cubierta. Después cerraron las escotillas(9) y quedó preso bajo cubierta el resto de la tripulación del brick. El capitán danés estaba junto al palo de mesana, en un charco de sangre, con la cabeza abierta de un hachazo. Los cadáveres fueron arrojados al mar y empezó el alijo de la sobrecubierta. En seguida se saquearon las bodegas con suma precaución y se trincaron bien los presos que iban apareciendo. Luego de saqueado el bergantín se le dio barreno, y se desatracó el pirata para verlo hundirse. El brick dio una cabezada primero y se inclinó de proa; después se fue sumergiendo poco a poco hasta que de repente desapareció bajo las aguas.

La "Ana" hizo entonces rumbo hacia la Isla, que se divisaba a sotavento, y maniobró en demanda de punta San Francisco para ocultarse en Cabo Rojo.

El comercio de San Thomas estaba aterrado con las depredaciones de Cofresí. Por fin el gobierno de Washington intervino y dio orden al Almirantazgo de castigar al pirata puertorriqueño. Pronto llegó a conocimiento de Cofresí que un barco de guerra norteamericano había venido a ayudar a las autoridades de la Isla para capturarlo o destruirlo. Entonces abandonó sus correrías por aguas del Atlántico y se pasó al mar Caribe.

Estando la "Ana" fondeada en el puerto de Bocas del Infierno divisó en lontananza una vela, y Cofresí con su velera nao salió prontamente a apresarla. Pero esta vez fue por lana y le zurraron la badana. Tan pronto estuvo a tiro de cañón recibió un balazo en el bauprésque le hizo comprender que se las había con un barco de guerra. No obstante, se le fue encima valentísimo y le hizo fuego de fusilería y cañón siendo recibido de igual modo. Viendo la superioridad del contrario viró de redondo y a todo trapo emprendió la huida. La goleta, descalabrada, izó la escandalosa(10) sobre los cangrejos para escapar mejor, utilizando el viento de popa que le soplaba. Cofresí se puso al timón porque la "Ana" era una nave de buen gobierno y muy veloz, y dirigió la goleta paralelamente a la costa, bojeando el sur y burlándose de sus perseguidores hasta que la embarrancó en un bancal diestramente. Echados un bote y una chalana al agua ganaron los piratas la playa, librándose del buque de guerra que no pudo alcanzarlos, ni maniobrar con sus botes por aquellos sitios inabordables.

Ya en tierra dividió Cofresí su gente en dos grupos, dándoles por punto de reunión la playa de Cabo Rojo. Antes enterraron lo que pudieron salvar de la "Ana." Cada grupo bien armado emprendió la fuga por distinta vía.

Como las Milicias Disciplinadas estaban patrullando por aquella costa, pronto los dos grupos tuvieron que batirse y abrirse campo a sangre y fuego, volviendo a subdividirse, fatigados y jadeantes, hasta que acosados por la caballería tuvieron que rendirse a sus perseguidores. El jefe pirata fue cogido después de reñida refriega, todo cubierto de heridas.

Roberto Cofresí y Ramírez de Arellano(11), natural y vecino de Cabo Rojo, era un joven altivo, de veintiséis años de edad, robusto, valiente, audaz y de bravo aspecto. Unido a quince compañeros de la piel del diablo, eran el terror de estos mares antillanos con sus piraterías.

Para satisfacer a la vindicta pública y asegurar el reposo y tranquilidad de estas islas, fueron pasados por las armas en la mañana del 29 de marzo de 1825. Un gentío inmenso presenció el horroroso espectáculo en el Campo del Morro. Un destacamento del Regimiento de Infantería de Granada formó el cuadro para conservar el orden. Una descarga cerrada de un piquete de tiradores, a una señal sigilosa convenida, hizo que once de aquellos desgraciados pasaran a la eternidad. Los otros habían muerto en los combates sostenidos con las Milicias.

 Satisfecha la curiosidad y llena de pavor dispersóse la muchedumbre conmovida. Las tropas volvieron a sus cuarteles a redoble de tambor. Y los cadáveres mutilados por la justicia humana quedaron expuestos al público por veinticuatro horas para escarmiento de malhechores.

L
os hermanos de la Caridad, que no comulgan con el odio social, previo permiso del Gobierno, dieron sepultura a aquellos cadáveres en el cementerio de Santa María de la Magdalena.

Así terminaron el valiente Cofresí y sus intrépidos compañeros de correrías piráticas.

  

Imagen tomada de: http://www.solboricua.com/pirata/Cofresie.htm

viernes, 3 de enero de 2014

Milagro en la calle del Cristo

La calle donde se erige como reina absoluta la Capilla del Cristo, se conocía anteriormente como la calle Santa Catalina. Sin embargo, un hecho extraordinario tenido por milagroso, cambió su nombre y su valor para siempre.

Cuenta la leyenda que para los años 40 del siglo 18, se celebraba con gran algarabía las fiestas de San Pedro en la calle Santa Catalina. Como es de esperarse, las personas se aglomeraron en la plaza para escuchar las melodías de la guitarra, los bailes y la buena comida. Como parte de la gran celebración los grandes jinetes de la ciudad competían en medio de la calle con sus mejores corceles. Entre ellos se encontraba el entrenador de caballos don Baltazar Montañez y Mujica.

Luego de varias corridas en la calle, entre los vitores de los habitantes, Baltazar inicia su arrancada final contra su corredor oponente. Teniendo en cuenta que la calle era estrecha y terminaba en un profundo acantilado en una de las murallas de la ciudad, Baltazar animó al caballo para que corriera su mejor tramo a mitad de la carrera. Sabiendo que ya había aventajado al otro, quizó detener el ritmo de su brioso corcel pero éste continuó su ritmo apresurado como si hubiese estado siendo arrastrado por un hilo invisible y malévolo.

En ese instante, se asomaba a la calle el Secretario de la gobernación, Don Tomás Mateus Prats. Al ver que el caballo y su corredor se dirigían con impulso hacia el acantilado, dio grandes voces implorando al Santo Cristo de Salud. En ese instante el caballo detuvo su marcha y Baltazar quedó peligrosamente suspendido de su caballo en el borde de la muralla. La multitud quedó impresionada por el suceso. Muchos se arrodillaron en medio de la celebración agradeciendo al Santo Cristo por aquel milagro.

Luego de aquel suceso, Don Tomás mandó a erigir como agradecimiento una capilla en la que colocó el cuadro del Señor Crucificado con Nuestra Señora, San Juan y María Magdalena en el retablo de la iglesia. Posteriormente, la calle se llamó La Calle del Cristo.

Sin embargo, fuentes locales confirman que lo sucedido si tuvo un final fatal, pues el joven Baltazar sí cayó por acantilado y murió. La capilla quedó erigida por Don Tomás para evitar tragedias futuras en la Calle del Cristo.

Fuente consultada: http://aquiestapr.com/directorio/category/puerto-rico/leyendas-puertorriquenas/

Leyenda editada por: Yolanda Rivera Matías

Foto tomada de: http://puertoricotourguidesociety.webs.com/apps/photos/photo?photoid=88766483

jueves, 2 de enero de 2014

La garita del diablo

Hace mucho tiempo, los habitantes de Puerto Rico eran muy propensos a los ataques de piratas. Por tal razón, la cuidad de San Juan estaba rodeada  por castillos y murallas. Alrededor de las murallas había, entre trecho y trecho, unas garitas o torrecitas donde los soldados hacían su guardia día y noche. Por las noches se sentían los gritos que los soldados hacían para no dormirse.

-¡Soldado alerta! - le gritaba uno

Y el más cercano respondía:

-¡Alerta está!

Entre todas las garitas, había una, la más distante y solitaria. Estaba sobre un acantilado profundo en el extremo de la bahía.  Esa garita era vigilada por el soldado Sánchez, al cual llamaban "Flor de Azahar". El azahar era una flor muy blanca y este soldado tenía la piel blanca como el azahar.

Como de costumbre, los gritos de alerta de los soldados se escuchaban de trecho en trecho. Pero, de la garita de soldado Sánchez nadie contestaba. Solo se escuchaba el viento silbar y el sonido de las olas del mar. Sus compañeros, preocupados por no saber nada del soldado Sánchez, pasaron la noche temblando, del solo pensar, que le hubiese pasado algo malo.

Al salir el sol, todos salieron corriendo hacia la garita a ver qué había pasado. Al llegar, los soldados no podían creer lo que veían. . El soldado Sánchez, había desaparecido sin dejar rastros.  Solamente estaban: el fusil, la cartuchera y su uniforme.
Los soldados, que eran supersticiosos, comenzaron a decir que un demonio lo había sorprendido y se lo había llevado por los aires.

Desde ese día, a la garita del desaparecido soldado Sánchez, se le conoce como "La Garita del Diablo".
Eso fue lo que creyeron los soldados, pero hay otras personas que creen que el soldado Sánchez dejó la guardia de la garita para escaparse con una mestiza llamada Diana, de la cual él estaba profundamente enamorado.  El soldado, que tocaba guitarra, le dedicaba en sus cantos mensajes de amor para enamorarla.
Actualmente, en las noches y sin ninguna explicación, se escucha en la garita, el sonido de la guitarra y una risa que se disuelve en el viento. Para algunos, estos ruidos son provocados por las almas de Diana y el soldado Sánchez que se burlan de quienes inventaron la leyenda de la Garita del diablo..

 Tomado de: http://puertorico.univision.com/halloween/te-recomendamos/article/2012-09-30/garita-diablo-historia-terror-boricua

Imagen de: Dafearwithin